22/2/09

22 de febrero de 1939

Hace hoy 70 años, era 22 de febrero de 1939 (miércoles de ceniza).

Ese día, a las tres de la tarde, falleció Antonio Machado en el hotel Bougnol-Quintana, en Colliure, tan sólo unos días después de haber atravesado la frontera francesa con su hermano José y su madre, que pensaba que estaban regresando a su ciudad natal, y no hacía más que preguntar “¿cuándo llegaremos a Sevilla?

En su bolsillo se encuentra probablemente su último verso: "Estos días azules y este sol de la infancia".
En fin, este hombre me animó a meterme en Hispánicas, porque la lengua siempre me había gustado, pero la literatura me empezó a agradar cuando analizamos en el colegio sus poemas.
Sin embargo siento decir que ha sido un poco decepcionante la literatura que se da en la facultad, que poco tiene que ver con lo que yo había imaginado. En ninguna asignatura me han dicho todavía cuáles son las obras de Machado, ni creo que me las vayan a decir...

Bueno, volviendo a Machado, dejaré cómo no, los versos que ahora vienen a cuento y su última foto en vida:

"Converso con el hombre que siempre va conmigo
--quien habla solo espera hablar a Dios un día--;
mi soliloquio es plática con este buen amigo
que me enseñó el secreto de la filantropía.

Y al cabo, nada os debo; debéisme cuanto he escrito.
A mi trabajo acudo, con mi dinero pago
el traje que me cubre y la mansión que habito,
el pan que me alimenta y el lecho en donde yago.

Y cuando llegue el día del último viaje,
y esté al partir la nave que nunca ha de tornar,
me encontraréis a bordo ligero de equipaje,
casi desnudo, como los hijos de la mar."

Antología poética de Machado

2 comentarios:

Nicanor dijo...

Puedo hacier una pregunta? en lo caso duas!!! estudias Literatura(letras)??? Hasta!!!!

Anónimo dijo...

Sabes que M. D´Ors tiene un poema muy bueno precisamente sobre la muerte de Machado, se llama 'Fatum', y como sé que no lo vas a leer, te lo pongo aquí.

FATUM

Ese niño que llega, cartera remolona,
botines desatados, al colegio de Sánchez
no sabe que sus pasos felices por Sevilla
-luz, patios, calles, cales- le acercan a Collioure.

París, rue Vaugirard. Ese muchacho
gris y desmadejado que avanza hacia el otoño
verleniano del hondo Jardín de Luxemburgo
no sabe que camina hacia Collioure.

Por la alameda de oro -Soria pura-,
lentos enamorados demorándose,
mirándose en el Duero -Soria pura-. La novia,
con manos inocentes,
sacude la ceniza -tiza acaso-
del hombro del poeta, que no sabe
que tan dulces senderos le llevan a Collioure.

El señor que, enlutado como un cirio,
con su bastón y pasos soñolientos
-domingo provincial- sube a los olivares
de Baeza no sabe que sube hacia Collioure.

El viejo arrebujado en sus recuerdos
que mira cómo pasan,
vertiginosos, los naranjos por la ventana
del coche, y los aspira -Levante azul-, no sabe
que por aquella ruta de flores y palomas
y muchachas se está acercando a Collioure.

Un súbito frenazo, la puerta abierta, el frío
látigo de la lluvia. Sale a la noche y anda
entre voces anónimas, oscuras,
y olor a bajamar. La lluvia. Unas preguntas
francesas, tan extrañas como un sueño, la lluvia,
los papeles, la lluvia, los gendarmes mojados
alzando la cadena fronteriza.
Igual que un sueño todo.
Francia, ya clareando, y aquel cartel: «COLLIOURE»,
nombre jamás oído. No sabe que allí estaba,
desde siempre, esperándole su muerte.

Almijara.